
Se sentó frente a su ordenador. Después de encenderlo abrió la página de google y escribió “novelas de caballerías”. Una ristra de entradas llenó la pequeña pantalla, abriendo los ojos de Alonso Quijano de par en par. Tendría a tiro de un clic todas las novelas que jamás hubiese imaginado, todas las que, ni en dos vidas, podría leer. Estuvo sentado frente al ordenador casi tres meses, levantándose sólo para ir a evacuar los líquidos de su cuerpo, para recoger algo de alimentos y para enterrar los pocos momentos en los que el sueño le amenazaba. Cuando se le agotaban las reservas alimenticias encendía el móvil, sólo entonces para que no lo molestasen en su tarea, y llamaba a su gran amigo Sancho Panza para que le trajese algo que llevarse a la boca. Ni siquiera los consejos de su gran amigo hicieron apartar los languidecidos ojos de Alonso de aquella ventana, que tragaba las novelas de dos en dos. Después de leerse cientos de novelas, cogió su coche, montando a Sancho en el lugar del copiloto, y se fueron a dar una vuelta. Cada molino de viento generador de electricidad que veía echaba el coche al arcén y le decía a su compañero: - algún día vendremos a matar a todos esos gigantes que se burlan de nosotros, amigo Sancho.