
Hacía tanto calor que subí a la terraza. Yo no la había visto, quizás tampoco me fijé en ella porque la brisa que hacía arriba me robó el calor que ya no soportaba mi cuerpo y porque no era a ella a quién buscaba. De repente un guiño, desde lo más alto, después otro relampagueante cerrar de ojos y la vi, bella y altiva, casi cegadora se me antojó si la mirase de cerca. Se dejó ver luminosa y se dejó caer desde lo más alto. Seguí su rastro refulgente que iba dejando y cuando la perdí de vista, aunque me lo habían dicho y no creo en esas cosas, pedí un deseo.