
Sólo le comenté algunas verdades de lo que me ocurría y la cara de mi abogado era la de un espectro del más allá. Yo no entendía de malversación, ni de nada, le dije, y me habían colocado una multa que no pagaría ni en una vida entera en el ayuntamiento. Le expliqué, como mejor supe, que yo no era de esos que van gastando los fondos públicos, ni colocando a sus amigos en puestos oficiales. Le dije que el morbo estaba servido si salía a relucir la incoación del caso y que era su jurisdicción salvarme de aquel atropello. Le comenté, que si salía impune, su mujer y su hermano trabajarían para mí en el ayuntamiento.