Ni siquiera miró la fotografía de aquella niña que
le daba tanta suerte. Sabía que el sobreseimiento del caso estaba tan cerca que
podía olerlo. Necesitaba un argumento excelente para devolver a aquellos
asesinos al lugar del que nunca debieron salir. Se sentía impotente, su cabeza
no funcionaba, ni siquiera su verborrea que le hizo ganar tantos casos asomaba
a sus labios, que ahora relamía para restar sequedad. La causa estaba perdida,
tan perdida como la vida de su pequeña defendida y no podía hacer nada. Ni la
ofrenda de flores que le hizo su esposa a la virgen de la Concepción le
ayudaría. El abogado volteó su cabeza, buscando la mirada de su mujer. Dejó
escapar una lágrima y ella lo entendió: los asesinos de su hija volverían a
la calle.
...podría ser alguien
Hace 3 meses