lunes, 2 de julio de 2012

Injusticia


Ni siquiera miró la fotografía de aquella niña que le daba tanta suerte. Sabía que el sobreseimiento del caso estaba tan cerca que podía olerlo. Necesitaba un argumento excelente para devolver a aquellos asesinos al lugar del que nunca debieron salir. Se sentía impotente, su cabeza no funcionaba, ni siquiera su verborrea que le hizo ganar tantos casos asomaba a sus labios, que ahora relamía para restar sequedad. La causa estaba perdida, tan perdida como la vida de su pequeña defendida y no podía hacer nada. Ni la ofrenda de flores que le hizo su esposa a la virgen de la Concepción le ayudaría. El abogado volteó su cabeza, buscando la mirada de su mujer. Dejó escapar una lágrima y ella lo entendió: los asesinos de su hija volverían a la calle.

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