
Cada una de esas gotas frías de agua que ahora se dejan descolgar de este cielo cenizoso, golpeando sordas los cristales de mi vida, me recuerdan cada lágrima entristecida que vi descolgarse por su blanquecino rostro cuando su pequeña cerró los ojos por siempre. De eso hace ya casi dos vidas pero sin embargo ella sigue vistiendo de negro y siguen resbalando esas mismas gotas ennegrecidas de dolor por los surcos que ya hicieron en sus mejillas. Quizás ella nunca supo que no podía comprometerse tanto con lo que ya quedaba atrás, quizás recuerdo sí, pero no entregar su vida por ese recuerdo, no dejarse envolver por el padecimiento y olvidarse de vivir. Ahora las gotas de lluvia golpean su féretro. Al fin murieron sus lágrimas.