
domingo, 16 de octubre de 2011
Sonrisa despeinada....

martes, 21 de junio de 2011

Abrí la puerta con la intención de encontrarla allí. La luz de la habitación se sostenía con un lúgubre brillo que emanaba de una lámpara que había en la mesita junto a la cama, acariciando cada curva que dibujaba aquel cuerpo bajo la sábana. Sabía el peligro al que me enfrentaba si cruzaba el umbral de esa puerta pero el deseo de alcanzar las salvajes sacudidas de aquel cuerpo me hicieron perder el miedo a lo conocido.
sábado, 18 de junio de 2011
Soldedad
Me senté en aquel banco que me sentía día tras día desde que conocí a Pepa en aquel hospital. A las puertas del asilo, la esperaba impaciente para dar nuestro paseo diario y conocer más de sus historias pasadas.
Mientras esperaba recordé el día que la conocí. Pepa deambulaba sola, perdida por los laberínticos pasillos de aquel odioso hospital, sorteando las torpezas de su avanzada edad, buscando ciega la sala de oncología. Tenía cáncer.
Recuerdo que, mientras la acompañaba cogida a mi brazo, le pregunté por qué venía sola. Ella, reflejando en sus ojos una tristeza suprema, me dijo que sólo tenía un hijo y que su mujer, su nuera, le había dicho que no quería malgastar una vida cuidando a una anciana. Me contó que estaba sola desde que su marido falleció y que su hijo ni siquiera sabía de su enfermedad. Su vida se centraba en la soledad de aquel asilo.
Llevo viniendo a este banco hace ya casi cuatro meses y ayer me dijo Pepa que yo para ella era como un hijo. Ayer, cuando se despedía, me miró con unos ojos repletos de lágrimas de felicidad y una sonrisa que cubría toda su cara.
Pepa se retrasaba media hora y decidí preguntar al chaval que estaba en la sala de acceso al asilo. -¿Pepa?, me dijo el controlador, esa que decía que tenía otro hijo.......murió anoche.
lunes, 16 de mayo de 2011
Buscando amistad.
Tuve que trasladarme por trabajo a un pequeño pueblo de la provincia. Un pueblo de esos que casi todos saben de todos; de esos que aún guardan la fragancia del campo en sus calles; de esos en los que en cada esquina hay un anciano con ganas de decir “buenos días”. Me alojé en un barrio tranquilo, como casi todos los de aquel pueblo, con gente sana que pronto conocí.
Lo más curioso de todo aquel pueblo era un hombre que podía estar ya jubilado, por las arrugas que definían su cara rechoncha. Sus ojos caídos, su media sonrisa y su saludo con la mano me decían que podía ser muy buena gente, aunque me extrañaba que siempre estuviera solo. Cada vez que pasaba por aquel mismo árbol de ramas fuertes y poderosas me lo encontraba, a uno o a otro lado, con la misma sonrisa dibujada en su cara. Ya podía ser de noche, en la mañana o en la tarde, siempre estaba allí.
Una mañana, recuperando periódicos viejos para pintar el hueco de la escalera, encontré una noticia de hacía 4 meses. En ella decía que no pudo soportar más su soledad y que decidió quitarse la vida ahorcándose en un árbol del municipio. En la foto, un hombre de cara rechoncha, ojos caídos y media sonrisa.

viernes, 1 de abril de 2011
Si.........

Si alguna vez el ser humano se diese cuenta de que sólo será una vida, corta o larga, la que nos han prestado para cruzar este lago del tiempo, quizás decidiéramos mirar más a la orilla, a los árboles que nos saludan mecidos al son del viento en los márgenes, a los pajarillos que nos embaucan con su cantar, al sol jugando al escondite con nubes de formas tan inverosímiles o quizás a la misma agua.
Pero seguimos empeñados en cruzar el lago con una lancha a motor de elevada potencia, con velas de seda y amarres de oro, sin importar si en nuestro camino dejamos atrás a los que no pueden atravesar el lago a nado, medio ahogados.